Veía huevos de cucaracha y no sabía lo que eran. También imaginaba unos pies con calcetines rojos y ausencia del resto de ropa, mientras estaba dentro de la casa del señor R. Ahí observaba lo que en ese entonces parecía un acuario, pero no era más que una pecera con varios colores practicando su nado, aunque esto último es más bien producto de una mente ambigua y carente de recuerdos.
Escondidos tras un librero, hacía sonar una clase de alarma, que de hecho él había armado pues a pesar de su corta edad sabía como armar y desarmar varios artefactos que parecían imposibles, la cual vibraba en nuestros tímpanos cuando veíamos su sombra entre la parte baja y alta del mueble. Algunas veces intenté esconderme de sus manos, pero solo él sabe si es verdad.
Hubo varias veces que los accidentes me siguieron, como la vez que fui un pirata en la pileta del patio y resbalé, recibiendo un impacto fuerte que hizo brotar sangre casi de inmediato, dejando paralizada mi mente mas por el miedo que por el dolor; o la vez que detuve un codo, a gran velocidad y fuerza, con la nariz, codo de quién huíamos; o esa otra ocasión cuando prendí los cerillos entre mis dedos, creyendo que tal vez así podría lograr, o tan siquiera simular, tener esa fantástica habilidad... y cómo olvidar la vez que me electrocuté con el eliminador del teclado, acto tan simple y fugaz, colocando mi lengua al final del cable con el aparato conectado a la clavija.
Y aún así, nada fue lo mismo desde su muerte y luego el accidente. O viceversa. Incluso pudo ser antes. Pudo ser desde que la puerta era golpeada en la madrugada, o desde que dejó de existir el limón en patio de la casa. O cuando en la noche rompí el zapato por sacarlo a la fuerza. Podría averiguarlo, pero prefiero que quede así.

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