Madera. Como el niño de madera, cuyo espíritu era más humano que el de mis verdugos. Su nombre me recordaba al títere infantil y nunca a otra cosa. ¿que se sentirá ser eterno y diminuto? Como el individuo que quizá fue un discípulo, pero cuya información desconozco.
He sido eterno cuando alguien me recuerda y no puede darme un nombre, porque entonces vago entre sus pensamientos y voy cambiando de forma, tal vez hasta ya ni siquiera poseo primer apariencia de mi mismo, pero rondo en fondo de alguno de sus sueños, como una persona que cruza la calle y da la vuelta en una esquina. Eterno porque no tuve un principio y tampoco tuve un fin. Diminuto, porque a penas si se percató de mi existencia.
Así se siente.
Ese día llegué cuando caía el sol y la gente estaba ruidosa en el jardín. Quería acostarme en la barda que delimitaba la banca de concreto y el espacio vital del árbol que me acompañaba. Podría ser pariente del títere, me sentí avergonzado. Me recosté en el límite imaginando que podría llegar alguien en cualquier momento a quitarme.
Estoy esperando a alguien. Se que va a llegar. Miré hacia ambos lados, luego arriba, al cielo inundado de grises y esponjosas nubes que no dejaban ver más que mis pensamientos. Levanté el torso. El árbol podría sentirse ignorado si no le dirigía una que otra miradita de cuando en cuando. Al ver al frente, una silueta blanca, muy al fondo de la calle, se acercaba andando hacía mi. Tal vez no era hacía mi, pero me lo quise creer por un momento, por un instante, que yo no era tan diminuto ni tan eterno para ser olvidado.
Esa forma de andar me tenía con la mirada bien fija. Me quede muy quieto y trate de distinguir alguna expresión en el rostro. Una mueca de sonrisa se iba dibujando a cada paso que se acercaba. Yo reconocería ese andar entre una multitud de gente sin dudarlo, y sería mi satisfacción el no equivocarme cada vez.
Cruzó la calle que nos separaba. Pasé saliva y sonreí.
Tranquilamente detuvo su andar al estar justo al frente mío y me dijo tiernamente que me había confundido con gato. En ese momento quise restregarme entre sus piernas y empezarle a maullar, ronronear en su pecho y lamerle la mano.
Yo no era tan diminuto ni tan eterno como creía. Yo era su gato.
He sido eterno cuando alguien me recuerda y no puede darme un nombre, porque entonces vago entre sus pensamientos y voy cambiando de forma, tal vez hasta ya ni siquiera poseo primer apariencia de mi mismo, pero rondo en fondo de alguno de sus sueños, como una persona que cruza la calle y da la vuelta en una esquina. Eterno porque no tuve un principio y tampoco tuve un fin. Diminuto, porque a penas si se percató de mi existencia.
Así se siente.
Ese día llegué cuando caía el sol y la gente estaba ruidosa en el jardín. Quería acostarme en la barda que delimitaba la banca de concreto y el espacio vital del árbol que me acompañaba. Podría ser pariente del títere, me sentí avergonzado. Me recosté en el límite imaginando que podría llegar alguien en cualquier momento a quitarme.
Estoy esperando a alguien. Se que va a llegar. Miré hacia ambos lados, luego arriba, al cielo inundado de grises y esponjosas nubes que no dejaban ver más que mis pensamientos. Levanté el torso. El árbol podría sentirse ignorado si no le dirigía una que otra miradita de cuando en cuando. Al ver al frente, una silueta blanca, muy al fondo de la calle, se acercaba andando hacía mi. Tal vez no era hacía mi, pero me lo quise creer por un momento, por un instante, que yo no era tan diminuto ni tan eterno para ser olvidado.
Esa forma de andar me tenía con la mirada bien fija. Me quede muy quieto y trate de distinguir alguna expresión en el rostro. Una mueca de sonrisa se iba dibujando a cada paso que se acercaba. Yo reconocería ese andar entre una multitud de gente sin dudarlo, y sería mi satisfacción el no equivocarme cada vez.
Cruzó la calle que nos separaba. Pasé saliva y sonreí.
Tranquilamente detuvo su andar al estar justo al frente mío y me dijo tiernamente que me había confundido con gato. En ese momento quise restregarme entre sus piernas y empezarle a maullar, ronronear en su pecho y lamerle la mano.
Yo no era tan diminuto ni tan eterno como creía. Yo era su gato.
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