Se lo juro a usted, por la sangre que me escurre entre los dedos, que esta vez no estaba tratando de huir. Y es que los días comenzaban más temprano y las noches llegaban a mi más tarde. Se lo juro ante él y ella, que yo me encontraba en homeostasis hasta que pronuncié por primera vez su nombre. Y heme aquí, en mi estado deplorable de nervios, aromáticos a nicotina y gritos disfrazados de silencios, que reitero que sufro, -y vaya que no he sufrido- de insomnio intermitente.
Vi sus ojos saturándose de dolor transparente y líquido, que le escurría más hacía dentro que hacía afuera y como por arte de magia, empezó a fugarse por mis ojos.
Te juro amigo mío, -si es que aún sigues ahí- que me tiene intoxicado y yo no sé que hacer.
Pero eso sucedió después. Primero me recuerdo llamando su nombre con la mera intención de pasar a divisar algunos textos. Y pasamos a ser dos extraños a dos extraños que se hablaban.
Mi lengua parlante y bajo el efecto embriagante, dejó escapar esas terribles, terribles palabras que destruyen y que te dejan con los ojos bien abiertos ante una caída libre.
Pero antes de eso yo le dije que le quería, y yo no estaba tan alterado en ese entonces, ciertamente mi estado de salud no era el mejor después de un periodo de abstinencia, pero podría jurar que mi cordura estaba intacta. Pero, ¿y qué tan cuerdo me encontraba antes?
Ya no sé en dónde yace el candado que nos une y si alguien se ha tragado la llave, espero no haber sido yo.
Me contó de sus amores y me limité a escuchar mientras sentía como se me escapaban pedacitos del alma entre cada pausa, entre cada amante y cada mirada que me permitía robarle. Por mi parte, a penas si recuerdo como es que he sobrevivido en esta guerra, porque siento que no he hecho más que despertar gritando en mi cama, sudando y soñando cosas que no puedo recordar.
Dile tú, amiga mía, que si decido quedarme no sabré si me quedo por convicción o por complacer su deseo, y que si me voy es meramente porque lo he visto: he visto como se apagaban sus días y se acortaban sus noches mientras nos escuchábamos suspirar y decirnos lo prohibido con voces entrecortadas esperando la respuesta del otro.

Comentarios
Publicar un comentario